martes, 27 de marzo de 2012

EL PENSAMIENTO LATERAL... ES UN CUENTO CHINO


La semana pasada recibí en mi mail una hermosa historia, completamente arruinada por comentarios obvios y rematada con una moraleja no solo explícita sino poco creativa. El explicador/interrumpidor de la historia hablaba todo el tiempo de la importancia del pensamiento lateral para la resolución de los problemas aparentemente insolubles. Por definición, un problema es una cuestión que se trata de aclarar y de difícil solución; pero siempre hay una solución para cada problema y todos los problemas tienen solución.

Cuando yo era niño, ante estas disyuntivas nuestros mayores nos decían: "Busca una solución". 20 años más tarde, estaba de moda decir: "Sé creativo" y ahora  (gracias a Edward de Bono) queda culto decir: "Usa el pensamiento lateral".

A Einstein se le achaca la frase: "Es una locura seguir haciendo siempre lo mismo y esperar resultados diferentes". Por eso, para encontrar la solución a cualquier problema lo más conveniente parece ser hacer algo distinto a lo que no nos lleva a una solución. 

Por otro lado, Einstein también decía: "Si quieres que tu hijo sea inteligente, cuéntale cuentos de hadas. Si quieres que sea más inteligente, cuéntale más cuentos de hadas". Así que ahora les dejo una historia donde (como en todos los cuentos de hadas) se aplica el pensamiento lateral. Pero sin comentarios ni moraleja.



La historia de las 2 piedras

Había una vez, en un pequeño pueblo, un granjero a quien no le alcanzaba la plata para devolver una importante suma de dinero que le había sido prestada por un viejo muy feo y muy antipático.
Como el granjero tenía una hija muy linda que despertaba todas las ansias del prestamista, éste último le propuso un trato: Le dijo que le perdonaba su deuda si él le daba a su hija en matrimonio.
Tanto el granjero como su hija quedaron horrorizados con esta propuesta.
Entonces el viejo prestamista y para no quedar en evidencia, varió un poco su propuesta sugiriendo que fuera el azar quien lo determinara.
Les dijo que iba a colocar una piedra blanca y una piedra negra dentro de una bolsa vacía.
La chica debía sacar una de las piedras de la bolsa sin mirar el interior.
Si sacaba la piedra negra, se casaría con el viejo prestamista y la deuda de su padre se consideraría pagada. Si sacaba la piedra blanca, no tendría que casarse con el viejo y la deuda de su padre quedaría perdonada. Pero si ella rehusaba entrar en este juego, su padre sería inmediatamente enviado a la cárcel. 
Mientras iba diciendo esto, el viejo prestamista se agachó para recoger las dos piedras. La chica, que tenía el ojo rápido, se dio cuenta de que las dos piedras que había recogido  eran ambas negras y las había puesto rápidamente dentro de la bolsa. 
Pero ella no dijo nada. 
A continuación, el viejo prestamista le pidió a la chica que metiera la mano dentro de la bolsa y tomara una de las piedras.
Todo ello había tenido lugar en el pequeño camino que lleva a la puerta de la casa del granjero, que estaba recubierto por piedras blancas y negras. 
La pobre chica estaba desesperada pues parecía que no tenía escapatoria a un infausto futuro: cualquier piedra que eligiese sería negra, lo que la obligaba al casamiento, si se negaba al acuerdo, denunciando la trampa, su padre iría inevitablemente a la cárcel.
Luego de un momento de meditación, la jóven metió la mano en la bolsa y cogió una cualquiera de las piedras, pero al sacar la mano de la bolsa la dejó caer al suelo sin que nadie hubíera tenido tiempo de verla, y se disculpó asustada. 
Esta piedra se confundió inmediatamente con los cientos de piedras negras y blancas que formaban el camino de entrada a la casa. 
¡Ay, qué torpe soy!, exclamó la chica. ¿Cómo puede pasarme algo así? Pero, no importa, prosiguió rápidamente. Todo tiene solución.
Se puede saber cuál es la primera piedra que saqué, sacando la que queda en la bolsa. Porque si la que queda es blanca, había sacado la negra y si la que queda es negra, yo había sacado la blanca. ¿No es así? 
Le pidió al viejo prestamista que sacara la que quedaba y, por supuesto,  era negra.
El padre abrazó a su hija llorando de emoción exclamando: Has sacado la blanca, has sacado la blanca!
Y como el viejo prestamista no se atrevió a confesar su trampa, la joven pudo salvar a su padre de la cárcel y a sí misma de un casamiento por conveniencia.




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