viernes, 3 de diciembre de 2010

¿Qué hacemos por el futuro de los niños?

COMENTARIOS SOBRE PEDAGOGÍA WALDORF


Yo estoy convencido de que lo mejor que le puede ocurrir a un niño, fuera de su ámbito familiar, es educarse en una Escuela Waldorf.

Hace ya bastante tiempo, me contacté con esta pedagogía como padre. Acompañando a mis hijos a su escuela en Ingeniero Mastchwitz, Argentina. Para poder llegar había que recorrer un muy mal camino de tierra. Era fácil perderse si uno iba por primera vez. Había que preguntar por el camino hasta dar con alguna indicación correcta. Cuando llovía los vehículos se empantanaban, las ruedas giraban en vacío y no podían avanzar. Entonces había que hacer el camino andando por el barro para llevar a los niños a clase y a veces llamar un tractor para sacar el coche del atasco. Había días en que llegar era una verdadera aventura pero una vez dentro sabíamos que valía la pena cualquier esfuerzo. Nuestra casa estaba a 30 Km. de la escuela y otros vivían a más de 100 Km! Muchas familias vivían alrededor de la escuela, como formando una pequeña aldea porque decidieron mudarse de ciudad para que sus hijos pudieran ir a clase andando o en bicicleta.

Cruzando la entrada de la finca, un camino de tierra custodiado por añosas casuarinas nos guiaba hasta el edificio donde se encontraba la escuela. Cada llegada era una fiesta de encuentros, saludos y comentarios. Y no solo entre los niños, sino también para nosotros era una verdadera alegría el encuentro con los otros padres, madres y maestros. Había veces en que cuando iba a buscar a los niños a la salida de sus clases, intencionalmente llegaba muy temprano, para poder sentarme bajo un árbol y poder vivir ese ambiente maravilloso de cuando aún no ha terminado el horario escolar. Escuchando risas, cantos o alguna flauta lejana hasta que llegaba el momento de la despedida.

Yo ya llevaba varios años trabajando como profesor Universitario y secundario con jóvenes de 14 y 15 años, pero lo que comencé a ver allí, no lo había visto jamás: niños enamorados de sus maestros/as, compenetrados en el trabajo, concentrados seriamente en sus tareas, comprometidos en la solidaridad, felices y fundamentalmente libres.

Todo esto produjo en mí un profundo interés y desde entonces me dediqué a estudiar la obra de Rudolf Steiner. Pude percibir el amor recíproco entre el maestro y sus alumnos –a los que había recibido en la primera clase y acompañaría hasta la octava- luego de varios años de convivencia cotidiana. Trabajé en diferentes tareas para las fiestas y los mercadillos y de a poco me adentré en una manera de vivir la educación y la enseñanza que me ofreció algunas respuestas a las preguntas que siempre me había formulado a mí mismo.

La semilla plantada por Steiner hace tantos años, sigue germinando hoy y dando flores siempre que se la cuide y se la alimente.

En estos años que llevo en España, he participado en el ciclo de formación de Maestros Waldorf en Madrid, y he tenido la suerte de poder encontrarme con gente de toda la península y del extranjero. Juntos hemos escuchado a verdaderos “Grandes” de alma que no tienen reparos a la hora de compartir sus conocimientos con nosotros y alentarnos para que cada uno, en su propio momento evolutivo, trabaje dentro del marco de la Pedagogía Waldorf.

Cuando iniciamos este camino en Santiago de Compostela nuestros ojos estaban puestos en la meta de fundar una Escuela Waldorf en Galicia. Hoy, diez años después, hago una pausa, miro atrás el proceso de trabajo y me veo a mi mismo envuelto en discusiones (que no propuse), defendiendo la Pedagogía Waldorf. Personas que, al enterarse de mis ideas, buscaban confrontar las suyas y yo, pecando de entusiasta, me daba a la tarea de explicarles que ésta era “la mejor pedagogía del mundo”, sino la única!

Los años, la experiencia y las confrontaciones con los que piensan que hay que convencer a la gente para que apunte a sus niños en nuestros círculos de juego, talleres, jardines o escuelas me han vuelto más paciente. Sé que debemos seguir trabajando sin pausa, pero sin prisa, un pie delante del otro y tener la suficiente paciencia para esperar a los que vienen y dejar partir a los que no se quieren quedar. Recibimos a los que llegan con los brazos abiertos que se cierran en un abrazo cordial, pero que se vuelven a abrir para separarnos un poco y poder mirar a los ojos del otro.

Y como de encuentros se trata, mientras dejaba descansar estas líneas, releyendo la “Teoría de los Colores”, Goethe me regaló esta frase, que sintetiza todo este pensamiento:



“No podemos imponer a nadie este modo de imaginar la cosa.
Adóptelo en hora buena quien como nosotros lo estime cómodo.
Que tampoco estamos dispuestos a defenderlo
por medio de la discusión y la polémica.”



2 comentarios:

yosef dijo...

los colores pueden ser frios, calientes, dulces, desabridos, amargos o con textura de gominola. Cualquiera de ellos, todos, cada mañana, cada día, cada niño se los lleva a su pequeña boca y los degusta. Asi es como siento lo que viven mis hijos, y los hijos de mis amigos, de todos los que llevamos a nuestros pequeños masticadores de colores a una Escuela Waldorf. Y sabéis una cosa?: cada uno de nosotros, envidiamos esta suerte de nuestros pequeños y menos pequeños duendes que no tuvimos nosotros. Pero cuando nos dan un beso a la vuelta del cole, sus labios con huella de esos sabores nos regalan un poco de esos momentos únicos. Cierro los ojos y entonces me siento niño de nuevo.

Guille Mealla dijo...

Yo también tengo esa nostalgia de la algo que nunca tuve. Creo que me hubiera encantado ser alumno en una escuela Waldorf.
Ya de mayor, quiero que esta pedagogía sea conocida y aprovechada por la mayor cantidad de niños posible.
Gracias Yosef por tu comentario.