martes, 26 de octubre de 2010

UN VERDADERO MAESTRO

Releyendo “Artes y oficios del ayer” de John Seymour, me quedé pensando en una de las primeras frases del libro: “Casi todos los artefactos que se utilizan en la actualidad pueden realizarse fácilmente con plástico derivado del petróleo, en una fábrica enorme, por especialistas cuya cualidad principal consiste en su habilidad para sobrellevar vidas terriblemente monótonas.”

A partir de la segunda revolución industrial la vida se ha vuelto práctica, el tiempo valioso y el confort una necesidad impostergable. La sociedad se encuentra produciendo millones de objetos feos pero aparentemente útiles, cosa que cae por tierra cuando vemos que 9 de cada 10 de ellos terminan rápidamente en la basura, justificando que no deberían haberse fabricado. ¿Qué justificación tenemos para utilizar artículos, que sabemos fueron producidos en condiciones que aburrieron y hasta anularon a los seres humanos que tuvieron que hacerlos?

En su libro, Seymour recupera oficios casi perdidos en el tiempo y la memoria. Recupera al artesano y su trabajo único. Sus dificultades al trabajar un material natural que le impone una disciplina que lo obliga a producir algo hermoso a la vez que útil. Y explica: “Es la veta de la madera con su tendencia a agrietarse a lo largo de un plano y no de los otros, la que obliga al carpintero, a moldearla en determi¬nadas formas, usar diferentes calidades de este material y superar sus desventajas, la que impone un modelo de belleza a los objetos de madera. También le obliga a aprender los misterios de su oficio y esto le eleva por encima del mero operario de una fábrica.”

Al leer estas palabras surge en mi pensamiento la condición de un verdadero “Maestro”, tan parecida al artesano descripto por Seymour. Alguien que, en lugar de producir “educación en masa” codificada y promediada estadísticamente, se ocupa y preocupa en buscar en cada uno de sus alumnos esa veta que lo hace único para ayudarle a desarrollarla. Este es verdaderamente un trabajo arduo, difícil y que lleva todo el tiempo. Ese maestro se acuesta pensando en cada uno de sus alumnos y ellos son el primer pensamiento que tiene por la mañanas, especialmente esos que en uno u otro momento están pasando por una etapa de cierta dificultad. Steiner dice que cada Maestro debe ser un artista y siguiendo esta afirmación, cada niño es una obra de arte única e irreproducible en serie. Y así, sintiendo como artistas y trabajando como artesanos llega esa frase -que han adjudicado a J.S. Bach- “Cuando llegue la inspiración, me encontrará trabajando”

Seymour continúa: “Fueron las limitaciones de la piedra las que obligaron al constructor, durante siglos, a desarrollar la gran belleza del arco y de la bóveda. El hormigón raramente se convierte en algo hermoso. Los rascacielos modernos son útiles, prácticos y feos, comparados con el techo abovedado de algunas abadías que nos siguen llenando de admiración y respeto. El hecho de que los unos fueran construidos para el enriquecimiento y las otras para la gloria de Dios, también podría tener algo que ver en el asunto...”

Así como me gustan las abadías y las catedrales, las cucharas de madera y los cuencos de arcilla, mi corazón goza al contemplar un niño que descubre y sigue su propia veta y que con nuestra ayuda se convertirá en algo grande, único y hermoso.

Es por eso que los verdaderos Maestros trabajan mucho más allá de las horas de clase, los días y las noches. Porque son artistas y un artista no descansa hasta ver su obra terminada. Porque son educadores y su obra acaba cuando los niños los dejan para siempre para seguir su propio camino.

1 comentario:

Manuel Torres González dijo...

He conocido tu artículo a través de un seguidor tuyo de facebook. Muy bueno, un artículo artesano. Con tu permiso lo copiaré en facebook y se lo enviaré a los dos principales profesores de mi hija, pero para reconocerles su labor, que entiendo que es muy buena. Gracias.